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Editorial
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Comenzar de nuevo
Martes,  20 de Octubre, 2020
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Reconciliación, gobierno de unidad nacional, sin odios, sin rencores. Son las primeras palabras que pronunció Luis Arce Catacora, tras conocerse los resultados de las elecciones que lo han colocado en la misma situación que Evo Morales, en enero de 2006, quien dijo cosas parecidas.

Arce no sólo ha obtenido casi el mismo porcentaje que alcanzó el MAS en aquella ocasión, sino que encuentra un país absolutamente polarizado, dividido, marcado por el odio, un elemento que parece haberse incrementado y que precisamente hizo fracasar a los líderes que intentaron tomar la posta de Morales.

El presidente electo ha hablado también de reencausar el “proceso de cambio”, de reconocer errores cometidos y de conducir un gobierno que se enfoque principalmente en la recuperación económica, un factor que comenzará a complicar no sólo la vida de la gente que está sin trabajo y con los ingresos menguados, sino también la macroeconomía, el mayor patrimonio desde la recuperación de la democracia y que en los últimos años ha estado tambaleando por el déficit fiscal, por el desbalance comercial, la caída de los ingresos y las reservas y el desmedido crecimiento del aparato público.

El MAS deberá empezar de nuevo, pero en un contexto muy distinto. Si bien tiene un gran apoyo popular que lo pone como la fuerza política más arrasadora de la historia de Bolivia, la herencia del pasado reciente es demasiado fuerte como para ignorarla y desde todos los frente internos, incluyendo, por supuesto, a los que expresaron los propios candidatos, se escucha decir que sería un error recurrir a las mismas figuras y liderazgos que desgastaron la hegemonía de Evo Morales.

El principal obstáculo es el económico, principalmente porque ya no se cuenta con el excelente aporte del mercado internacional, que en el pasado permitió el incremento de los precios de las materias primas y que condujo hacia Bolivia un caudal de ingresos que no volverá a producirse en el corto ni en el mediano plazo, no en este mundo azotado por la pandemia, al que le costará arrancar de nuevo.

El nuevo presidente, que ha ganado la confianza por su dominio de la economía y porque ha prometido devolverles la bonanza a los bolivianos, tiene en sus manos una responsabilidad titánica, pues en medio de todo, se enfrenta también a la inercia prebendalista que seguramente le demandará mucho al nuevo gobierno y que lo hará impacientemente. 

Hay muchas heridas qué sanar en este país, mucha gente afectada por los rencores y las diferencias políticas. Empezar de nuevo es una gran oportunidad para reconducir al país por el sendero del diálogo y del reencuentro. Esta vez el gobierno no tendrá tiempo  para revanchismos, para construir hegemonías e imponer una voz única. Los problemas son más importantes y urgentes.

Hay muchas heridas qué sanar en este país, mucha gente afectada por los rencores y las diferencias políticas. Empezar de nuevo es una gran oportunidad para reconducir al país por el sendero del diálogo y del reencuentro. Esta vez el gobierno no tendrá tiempo  para revanchismos, para construir hegemonías e imponer una voz única. Los problemas son más importantes y urgentes.

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