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Editorial
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Hace un año
Domingo,  18 de Octubre, 2020
Hace-un-ano

Es muy difícil acordarse de lo que ocurría hace exactamente un año en Bolivia. Cómo nos sentíamos, qué pasaba por nuestras mentes, qué miedos nos consumían. Hemos pasado unos meses demasiado vertiginosos, llenos de preocupaciones, agobiados por la pandemia, que nos han borrado de la memoria los detalles de aquellos días previos al 20 de octubre de 2019.

Antes de ir a votar, los bolivianos estábamos prácticamente resignados a aceptar que el cocalero se quedaría en el poder hasta el 2025, cuando menos, pues su objetivo fue y sigue siendo adueñarse del gobierno indefinidamente. Sabíamos que estaba preparando un fraude, que tenía el árbitro a su favor y que había gastado millones para fabricar su trampa, pero nadie tenía nada preparado para impedirlo. Evo Morales ya se había salido con la suya en varias ocasiones, había desconocido el voto y tanto la justicia como las autoridades electorales jugaban a su favor para apañar sus fechorías y seguir avanzando a cualquier costo.

Hace un año, las encuestas daban como ganador al MAS, mientras el prófugo arengaba con arrasar con la votación, con llegar al 70 por ciento de la preferencia. Las contradicciones eran grandes, no sólo porque el fraude era una realidad innegable mucho antes de aquel domingo en el que interrumpió el conteo, sino también por el número de indecisos, por el rechazo que había acumulado el gobierno y porque los mensajes lanzados desde el poder y los medios que trabajaban para él, no habían conseguido aplacar esa energía que flotaba en el aire y que anticipaba una segunda vuelta, en el peor de los casos.

Por esos días, nadie imaginaba que los observadores de la OEA y de otros organismos se jugarían a favor del voto y de la democracia. Estábamos convencidos de que habían venido para encubrir las trampas del refugiado. Sabíamos también que la policía y los militares sacarían sus armas a la calle para reprimir cualquier intento de protesta, que los movimientos sociales nos comerían vivos en caso de alguna intención de rebeldía. 

 Aquella vez no teníamos un liderazgo con la capacidad de movilizar a todo el país. El malestar había cobrado fuerza en algunas regiones, se manifestaba en las redes sociales, pero persistían las divisiones, la desconfianza y la falta de convicción, indispensables a la hora de ganar una batalla. 

Todo eso fue olvidado cuando, de pronto, la ciudadanía despertó de su postración, borró el miedo de sus mentes y sus corazones y tomó las calles, sin importar las consecuencias. Fue tal la fuerza que se formó en los nueve departamentos, en cada ciudad y en cada pueblo, que la dictadura quedó petrificada, inerme y sin capacidad de reacción. 

Obviamente, todos recordamos lo que ocurrió en los 21 días posteriores, nos enorgullecemos de lo que fuimos capaces de conseguir y de lo que hemos mantenido hasta hoy, pese a las enormes dificultades. No hay duda que todos esos recuerdos estarán presentes en el instante mismo en que se emita el voto, el más consciente que se haya producido jamás en nuestra historia democrática.

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